Su obra fue un espejo roto que reflejaba fragmentos de nuestra humanidad.

Hoy el telón se cierra en el universo surrealista que David Lynch creó para nosotros. Ha partido el cineasta que nos enseñó a mirar más allá de la superficie, a explorar los rincones oscuros de nuestras almas y a encontrar belleza en lo perturbador. Su obra fue un espejo roto que reflejaba fragmentos de nuestra humanidad: desde los misterios inquietantes de Twin Peaks hasta el laberinto onírico de Mulholland Drive.
Lynch no solo dirigía películas; nos invitaba a atravesar la pantalla hacia dimensiones donde el tiempo se doblaba y la lógica se desvanecía. Cada plano suyo era un lienzo y cada sonido, un susurro que invocaba lo sublime y lo inexplicable. Como un soñador eterno, supo convertir el cine en un arte de preguntas, no de respuestas.
Hoy, el farol azul se ha apagado, pero su luz guía seguirá brillando en cada proyector encendido, en cada historia que desafíe la norma y en cada cineasta que se atreva a caminar por senderos desconocidos. La vida, como sus películas, es un rompecabezas sin final, y Lynch nos mostró que en esa ambigüedad radica su magia.
Que descanse en paz el poeta de los sueños rotos. Que su legado, como un carrete infinito de celuloide, nos siga recordando que el verdadero arte nunca muere, solo se transforma.